Un acuerdo para la esperanza en el futuro de la tecnología

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Está en la naturaleza del hombre tratar de saber más, descubrir los secretos de la naturaleza y nuestras posibilidades de modificar la realidad para vivir mejor y, aunque “los hombres olvidan que la felicidad es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias” –como dijo John Locke–, buscar los más altos niveles de felicidad posible.

Con el tiempo, el ser humano realizará todo lo que sea capaz de hacer, por muchas restricciones que nos pongan o nos autoimpongamos. Además, se da la circunstancia de que los avances científicos y tecnológicos van siempre muy por delante de la capacidad de regularlos por parte de la Administración. Puesto que los hechos corren más deprisa que el Derecho, el día que nos pongamos una prohibición será para evitar algo que ya ha pasado y, por tanto, habrá ya un precedente.

Por eso es tan importante –a la vez que necesario e inteligente– el acuerdo al que ha llegado estos días la Pontificia Academia para la Vida con Microsoft e IBM, las dos empresas que posiblemente tienen más track record en el mundo de la informática y, por tanto, en la base de las nuevas tecnologías. Allí donde no puede llegar el Derecho, porque no conoce todavía, sí puede hacerlo la ética para sentar comportamientos dentro de un marco moral aceptable.

No estamos hablando de religión, sino de valores asociados a la dignidad humana,  intrínsecos a la persona y, por tanto, anteriores a cualquier creencia. La historia ya nos ha enseñado en varias ocasiones lo que es capaz de hacer el hombre sin reglas morales cuando las posibilidades tecnológicas le otorgan poder.

Aprendidas las lecciones por las barbaridades cometidas en el pasado –por ejemplo en el nazismo–, cabría preguntarse qué podría pasar hoy, en un momento en el que las posibilidades tecnológicas se han incrementado exponencialmente y los tiempos de la innovación transcurren tan rápido que antes de aprender a utilizar la última tecnología ya surge otra superior.

Nos encontramos, sin duda, no ante una revolución sin más, sino posiblemente ante el principio de un cambio de era que nos llevará, antes o después, a una transformación del ser humano. En los albores todavía de la revolución digital, con las posibilidades que empieza a mostrar la inteligencia artificial y las primeras modificaciones genéticas para el tratamiento de enfermedades, se abre ante nosotros un futuro que parece de ciencia ficción. La revolución biológica nos acabará llevando a un ser humano nuevo (la transhumanización) y al posthumanismo.

Estamos en el principio. Se empieza a desarrollar máquinas que además de procesar datos, como hasta ahora, toman decisiones. La inteligencia artificial, llamada también con buen criterio “aumentada” o “colaborativa”, porque no llegará a sustituir –por ahora– la impredecibilidad que proporcionan los sentimientos y las emociones, nos ayudará a mejorar las propias capacidades.

Por tanto, es crucial para nuestro futuro que estos primeros pasos, las primeras baldosas que marcarán el camino y la dirección de la investigación y el desarrollo, sean correctos. El escritor israelí Yuval Noah Harari, autor entre otros libros de Sapiens o De animales a dioses, advierte sobre la posibilidad de encontrarnos en el medio plazo con un futuro casi apocalíptico en el que la innovación y el desarrollo biológico y tecnológico creen unas sociedades mucho más evolucionadas que otras, donde las más evolucionadas sometan a aquellas que no han sido capaces o no han tenido posibilidad de adaptarse a los cambios.

Por eso es tan importante el acuerdo alcanzado en el mundo de la innovación tecnológica por mediación de la Iglesia Católica. Confío en que a él puedan adherirse muchas más empresas y que se amplíe a otros campos. La tecnología debe ser  inclusiva, transparente, global, responsable, segura e imparcial, y su desarrollo ha de llegar a todo el mundo. Tiene que ser una oportunidad para alcanzar justicia social, permitir que todos accedan a los nuevos derechos que genera.

Cuando existe la posibilidad de ayudar a toda la población, el principio primun non nocere (primero no hacer daño) ya no es suficiente. Tenemos el deber de elevar el suelo para todos y no de hacer ascensores para unos pocos.

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