La cuestión de la arquitectura de las ciudades es un debate que, a día de hoy, está tomando cada vez más importancia. La inclusión de nuevos modelos de transporte, amparados bajo la concepción de un futuro con coches autónomos, y la toma de control de los peatones en las ciudades en detrimento de los vehículos.

Dejando a un lago los dramas de Uber y Cabify con su posicionamiento en pos de la seguridad, movilidad y econología, la realidad es que la historia de propuestas de ciudades sorprende por lo imaginativo de muchas de ellas. Muchas buenas intenciones, algún que otro interés económico escondido pero, sobre todo, detrás de cada una de ellas un personaje con ideas peculiares sobre cómo deberían ser las ciudades del futuro -o, teniendo en cuenta el momento en el que fueron creadas, el presente-.

Todos quiren montar su Silicon Valley, la ciudad de sus sueños. La más segura, la más eficiente o la más útil teniendo en cuenta las necesidades de sus habitantes. La historia ha mostrado que, en la mayor parte de los casos, estos artificios no suelen terminar demasiado bien.

Mickey Mouse en el paraíso de EPCOT

Walt Disney quería pasar a la eternidad dejando un legado a sus descendientes. Y nada que ver con la cuestión de estar congelado para volver en un futuro lejano en el que fuese posible volver de la muerte. Sus parques de atracciones, dedicados a los personajes para el cine, daban una señal de lo que debería ser la vida entendida desde el universo de la animación. Walt quería dar la oportunidad a sus descendientes de crecer en un lugar ideal -era una de sus obsesiones, que nadie sufriese en el mundo-, alejado de los problemas de las grandes ciudades y con los mejores servicios posibles. EPCOT (Experimental Prototype Community of Tomorrow), actualmente un parque de atracciones del pasado, tenía la clara intención de ser una ciudad en toda regla.

Tenía todo lo necesario para existir: terrenos suficientes para las viviendas, se estima un tamaño de 113 kilómetros cuadrados al lado del parque de Diney en Florida, estaba planteada para sus habitantes. Cinturones verdes, que separaban el área residencial de la zona de trabajo, calles libres de vehículos y un sistema de transporte que bien podría parecerse al actual Hyperloop.

Con capacidad para 20.000 habitantes que, finalmente, nunca pudieron disfrutar del sueño verde y ecológico de Disney. La ciudad soñada se quedó en un simple parque de atracciones que, a día de hoy, demuestra la curiosa visión que tenía el ser humano del pasado respecto a que habría de venir.

WaterWorld no iba desencaminado en absoluto

El proyecto se conoció como Triton City y, al igual que ocurriese en el mundo de ficción de la película, la propuesta buscaba crear una gran urbe encima del agua.

Accesible a 6 millones de personas durante 1960, uno de sus principales obstáculos era precisamente el precio: se estimaba que el coste alcanzaría unos 500 millones de dólares de la época (más de 4.000 millones actualmente). Pero la ciudad marítima sí que llegó a obtener los permisos necesarios para comenzar su construcción. Una serie de inestabilidades políticas echaron para atrás el mega proyecto que, como el resto de grandes ciudades originales, quedó en el olvido. Pese a todo, su influencia sí que se puede ver en las plantas de petróleo o grandes buques que, con el paso de los años, han tomado ciertas referencias de Triton.

Ideada por Richard Buckminster Fuller, Triton City era la respuesta acertada a los problemas de la viabilidad de la vida en Tierra firme. Resistente a terremotos, y también a maremotos, la urbe estaría preparada para disponer de jardines y zonas de cultivo, ser autosostenible e, incluso, organizarse bajo modelos económicos propios y ajenos a los del mundo exterior.

A la imagen y semejanza de su creador

No llegó si quiera a ponerse la primera piedra, pero de haberse hecho realidad estaría fundamentada sobre una de las mayores barbaridades de la historia moderna. Hitler tenía una clara idea de lo que había de venir después de ganar la Segunda Guerra Mundial y de limpiar la sociedad.

Welthaupstadt, o World Capital Germania, era el gran sueño de este personaje. Construida sobre el Berlín original, Hitler quería convertir la capital alemana en un lugar provincial en algo que recordase a los emperadores romanos de la época.

Monumentos dedicados a su persona, foros abiertos con arcos similares al de París, pero más grandes, la avenida de los vencedores y un palacio acorde con el poder de su líder más grande que el Vaticano con una cúpula que superaría el tamaño de la de San Pedro. El resumen era que, bajo cualquier consideración, Berlín tendría que superar en todos los aspectos a todas las grandes capitales del mundo; porque, de hecho, Berlín sería la nueva capital del globo.

La historia quiso que el Welthaupstadt se quedase solo en los planos de sus arquitectos, dejando Berlín tal y como lo conocemos hoy en día.

Veganos, este hubiese sido vuestro paraíso, o no…

Hay dos puntos en la historia de esta ciudad, que nunca llegó a ser tal, que llaman la atención por sí mismos.

Por un lado, localizada en Estados Unidos, esta ciudad estaba pensada para un grupo muy específico de la sociedad: solo podrían vivir dentro de sus dominios ciudadanos que fuesen vegetarianos. No se sabe a ciencia cierta si para tenerlos cercados o si para que su vida fuese más fácil, la realidad es que esta ciudad se creó a mediados del siglo XIX. En 1981 ya se sabía de la importancia de la alimentación.

En segundo lugar, el otro aspecto importante se centra en la forma en la que fue diseñada la urbe. Todos y cada uno de los edificios, de los cuales alguno se conserva en la actualidad, debían tener forma octogonal. De ahí el nombre de la misma: Octagon City. Del centro de la ciudad, con un edificio en la mencionada forma, partirían ocho calles que irían alojando las diferentes viviendas. Localizada en el condado de Allen, en Kansas, solo llegaron a residir en ella 100 colonos vegetarianos aislados durante años hasta que, en 1873, llegó el ferrocarril. Al poco tiempo se convirtió en una ciudad fantasma.

Añadido a su aislamiento, la ciudad pronto se quedó sin manantiales para el agua. Mosquitos, la gripe, los pocos recursos y la inseguridad eran problemas que se sucedían uno tras otro. En pocos meses, la ciudad quedó prácticamente desierta, cuando los colonos huyeron a la ciudad más cercana pese a no tratarse de lugares 100% vegetarianos.

Coches, y por qué no, también ciudades

Henry Ford no solo fue el creador de una compañía de vehículos que sigue teniendo reflejo en la actualidad. Adalid del American Way of Life y de un sistema de producción aún vigente, Ford tenía muy claro que su visión sobre la empresa y la producción tendría éxito también en un modelo de ciudad muy concreto.

Fordlandia tenía algo de peculiar: su ubicación. Siendo un firme defensor de Estados Unidos, esta ciudad tenía una posición mucho más lejana. Cerca del río Tapajós, en el Amazonas, Ford quería crear su imperio allá por los años 30.

El trasfondo de esta ciudad que, efectivamente llegó a construirse y a día de hoy está completamente abandonada, estaba fundamentado en un claro interés financiero por parte del empresario. Ford buscaba romper el monopolio del caucho, necesario para fabricar los neumáticos, mantenido por Holanda y Reino Unido. Fordlandia contaría con 20.000 hectáreas de plantas de caucho, que irían directamente a las factorías de la compañía en Estados Unidos.

El tiempo fue el encargado en hacer entender a Ford que la idea era una completa locura. De hecho, él mismo nunca pisó su sueño al tener pánico a las enfermedades tropicales. Por aquellos años, el caucho sintético empezaba a dar sus frutos y los ciudadanos de Forlandia no entendían los ciclos de producción de la planta del caucho y, 10 años después de empezar el proyecto y con 20 millones de dólares a modo de pérdidas, se abandonó el dorado del Amazonas.