Una vida para trabajar en el paraíso de Google: Eduardo Rabasa

Ciudad de México, 24 de junio (SinEmbargo).

Llamarse Sonrisas es como llamarse Pepe o Juan, un nombre que de tan conocido se convierte en anónimo, algo para alimentar la cadena de seres al matadero.

No hay individualidad ni hay sentido de independencia en la vida de las corporativas, a muchas de las cuales el hombre común, el de la clase media, pertenece con confianza y serenidad.

Esa es la esencia de Cinta negra, la nueva novela de Eduardo Rabasa, una parodia tremendamente divertida sobre el mundo de la gran empresa y el ascenso social.

Vivir como vivimos, en un mundo diseñado por los autores de la serie Black Mirror, ¿tiene que ver con esas corporaciones? ¿Es la idea del nuevo mundo capitalista para mantener esclavos a los habitantes?

Ganarse la cinta negra es en una empresa ascender, uno no sabe por qué la gana pero sí conoce el mundo ideal que tendrá cuando acceda a ese listón. De eso va la novela.

Eduardo va mucho más allá de lo inaugurado con La suma de los ceros. Foto: Cortesía

“Existe el sistema de la cinta negra, supuestamente tiene que ver con la capacidad de resolver problema, como en las sectas, nunca está claro”, dice Eduardo Rabasa, el escritor.

–¿Qué te interesaba más del libro?

–Una de las cosas que más me interesaba del libro era por un lado el puesto en el que avanzas, ganas más dinero y subes en la empresa. Leí algunos libros, entre ellos el de recursos humanos de Google, un tipo muy alto en el escalafón de la empresa y nunca había leído algo tan demencial. Es una locura, esta parafernalia de basquetbol en la empresa, decir que en la semana sacaste 7,32, bajaste dos décimas, ¿qué te está pasando? Google, en todas las encuestas en los Estados Unidos, aparece primera como firma en la que quisieras trabajar. Todo el mundo quiere trabajar ahí. Está todo estructurado, mediante un credo “new age” buena onda, puedes ir en chanclas, pero esa corporación está devastando el planeta, está tronando periódicos. Los efectos que tiene Google no tiene nada de buena onda.

Los efectos que tiene Google no tiene nada de buena onda. Foto: Cortesía Oswaldo Ruiz

–Tu libro me hizo acordar mucho a la película Brazil

–Eres la segunda persona que se refiere a Brazil. Fíjate que hay un hombre, Thomas Frank, que tiene un libro titulado La conquista de lo cool, que es la contracultura, todo lo hippie, se coló al mundo corporativo y acabó siendo el reverso de todo eso. Hay una fusión de esos mundos que aparentemente son antagónicos, pero a la hora de funcionar, ahí tienes a libros que te dicen como el bagavad gita te convierte en mejor empresario. Los mecanismos corporativos no son antagónicos, porque los incorpora…

–Un sistema infranqueable

–Es que hasta bases científicas tienen. Este asunto de los algoritmos, que te dicen lo que debería gustarte o no, yo creo que es demencial. Este asunto que establece que 3000 personas tienen en capital lo que debería tener la mitad del mundo, sólo es fruto de una época trastornada. Es un poco la ideología que lo sustenta, tú inventas un software que te lleva a acumular 100 mil millones, pues te lo mereces, pero ¿a cuenta de qué?

–¿Cómo hace la gente para vivir en todo esto?

–Me gusta mucho Don de Lillo, que crea estos entornos, para que la gente se desarrolle en el límite. El reto es que dentro de ese entorno un tanto enloquecido, los seres humanos tengan sentido. Justo es lo que le pasa al protagonista, que es un ser deleznable, pero existen estos flashbacks a su infancia, a su adolescencia, para ver de dónde viene.

­–No ubicas el lugar…

–Esta novela se parece un poco a la anterior, en el sentido de que no está ubicada en un lugar específico. La anterior ocurre en los ‘80 y esta en los ’90. Mi intención de no ubicar el lugar tiene que ver con no ligarme con la geografía, prefiero la libertad que me da el no hacerlo así. Lo otro es que son novelas que tienen más que ver con un credo dominante que con un lugar específico.

Una novela contra el capitalismo de la actualidad. Foto: Especial

­–¿Dónde hay una vida posible?

–Ahora hay una especie de corriente o tendencia de hablar de los migrantes, de la sangre y la gente me dice que mi novela no tiene nada que ver con eso. Yo digo lo contrario. Hablar del sistema de castas de la sociedad mexicana, de la desigualdad, es también hablar de eso. La verticalidad, el racismo, si no tuviéramos eso como base ideológica, sociopolítica, otro sería nuestro cantar. El sistema de las empleadas domésticas, por ejemplo, es un sistema neo-esclavista.

–Todo además tiene un sentido economicista

–Sí, es verdad. La gente que mata a otra gente inocente, no tiene principio de nada, va y lo hace con un sentido economicista. “Mónica, ¿puedes matar a Eduardo?”, seguro que contestarías que no, pero hay lugares en donde lo económico supera cualquier arbitrio moral. La vida humana no vale nada en México. ¿No salió El Chapo en la lista de Forbes? Con razón, además.

–¿Cómo lo ves al personaje principal?

–Como un arquetipo de la casta dominante, sobrepasando el poder a la propia casta política. Los presidentes se arrastran frente a Mark Zuckerberg, son una nueva casta que van en pants, buena onda y están causando una gran devastación en el planeta y el credo de esta nueva dirigencia empresarial están cobrándonos la vida de todos y el precio por salirte de ese sistema es altísimo. Hay mucha gente que de hecho no se lo puede permitir ni cuestionar. Tenemos iPhone que pagamos tres veces su valor, a sabiendas que dentro de dos años se va a descomponer para siempre.

–Insisto, ¿dónde vivir y para qué vivir?

–No lo sé. Es curioso y creo que el sistema actual está llegando a una gran contradicción, que vemos cada vez más gente intentándolo en una granja, en una comuna. Es un rechazo muy explícito al sistema actual, pero hay que tomarse un trabajo brutal para imponer esa naturalidad perdida. Tal vez sea una solución un poco cursi, pero la gente que encuentra en la amistad, en el amor, en tomar el trabajo como algo que te permite vivir y nada más, haya un poco de espacio para crecer.

–Volver también a ciertas normas viejas

–Sí, como cuando le doy atún a mis perros y me dicen que no les dé, mis perros tienen 15 años, están perfectos…o como cuando estás tomando una cerveza, escuchando música y nadie va a ver el Iphone ni habla de su trabajo, te das cuenta de que estás en un acto subversivo.

Vía Sin Embargo

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